Hagamos de la Navidad y el nuevo año, una fiesta para la reconciliación

Hombres y mujeres solemos medirnos frente al tamaño de las dificultades que a diario nos acosan, pero es normal sentir algo de desolación y temor cuando apreciamos que las situaciones son complejas. Al punto que parecerían llevarnos por delante, avasallarnos. Si logramos centrarnos en las soluciones, es posible ver la luz al otro lado del túnel.  Es lo que hace grandes a los seres humanos.

Cada persona: niño, niña, hombre, mujer, joven, adulto joven, adulto mayor, ejerce una responsabilidad ante la vida que le corresponde sea cual fuere su condición social, raza, educación, cultura y principios religiosos.

Importa que todos tenemos unos deberes y derechos como ciudadanos. Aportamos y recibimos. El Estado social de derecho al que pertenece Colombia es garante de nuestras libertades y sobre él recae la obligación de velar por la defensa de nuestras vidas, bienes y honra. En una sociedad normal la vida transcurre sin mayores sobresaltos, sin conflictos de hondo calado, en ambientes agradables y con pensamientos dedicados más a la felicidad que a la amargura. Esa es una sociedad ideal, pocas se dan el lujo de serlo en el planeta Tierra.

Colombia tiene condiciones geográficas, naturales, políticas, económicas, sociales y humanas para ser una sociedad ideal. Somos un país privilegiado por muchos motivos y razones. Contamos con recursos naturales y gente valiosa, nuestra historia está plagada de ejemplos valiosos de la inteligencia y el talento en todas las artes, así como las actividades públicas y privadas. Entonces, qué nos ha fallado?

La primera impresión es que hemos descuidado por mucho tiempo la educación y que permitimos que creciéramos en un contexto de profunda inequidad territorial y social, con una injusta redistribución de la riqueza y una deprimente acumulación de pobreza. Nos empobrecimos en valores éticos y morales, dejamos de soslayo el compromiso con las buenas costumbres, la tolerancia, el respeto al otro y a la vida. Buena parte del liderazgo nacional se dejó contagiar con la lepra de la corrupción y el cáncer de la inmoralidad. En ese marco, comenzamos a fracasar y a dar tumbos como país, al extremo de situarnos al borde del colapso institucional.

Por fortuna, estamos dando pasos para rectificar el futuro como país, para recobrar la institucionalidad, para modernizar nuestro Estado, para hacerlo más educado y menos desigual, para volverlo más justo y menos violento, más tolerante y menos discordante entre sus grupos sociales, más afectivo y  menos rencoroso. Por fortuna, en medio de los desacuerdos propios de una democracia en la que son naturales los consensos y disensos, queremos ser un mejor país.

Necesitamos ponernos de acuerdo todos para no abandonar el barco que transporta nuestro sueños y anhelos como Nación transformada y transformadora. Tenemos que reconciliarnos, es hora de no volver a apretar los gatillos de las armas para volver a encender las mechas de las esperanzas y el amor. Que la Navidad y el nuevo año nos ayuden a recobrar la templanza del espíritu, la pasión de la creatividad y la innovación y la convivencia pacífica que nos muestra como un pueblo maduro y unido. Dios quiera que así sea.

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